jueves, 18 de mayo de 2017

RETIROS


Tomado de: caminante-wanderer.blogspot.com.ar/



Hace algunos días incluí un comentario en una entrada anterior que decía: “Estoy de acuerdo con usted: cuidado con los retiros espirituales, sobre todo si son ignacianos. Vade retro!”. Recibí como respuesta un par de acotaciones de lectores del blog que muy enfáticamente me advertían acerca de los riesgos de mi condenación eterna por expresarme de ese modo. He pensado entonces que vendría bien exponer cuál es mi opinión sobre el tema. 
Da la impresión que mucha gente conservadora o tradicionalista considera que los retiros espirituales son indispensables para la salvación eterna. Y es falso. En primer lugar, porque la Iglesia en ninguno de sus preceptos nos manda hacer retiros y porque tampoco lo mandan los mandamientos. Por otro lado, tenemos una buena cantidad de santos que nunca hicieron retiros espirituales y, sin embargo, alcanzaron la salvación. Ya demasiado tenemos con diez mandamientos y cinco preceptos que cumplir para que nos quieran añadir otros. Se trata de un caso análogo al de mucho que están deseando que el Papa se dedique a definir dogmas anualmente, y cuantos más tengamos mejor... como si creer fuera cosa fácil, y como si no fuera ya suficiente con adherir a lo que proclamamos en el Símbolo de la fe. 
Que los retiros espirituales no sean obligatorios no significan que no sean recomendables. Claro que lo son, y creo que todo buen cristiano debería procurar dedicar algunos días al año, o algunas horas al día, a retirarse espiritualmente. Y aquí entra a tallar otra cuestión que tiene que ver con el tipo de retiro espiritual que se trata.
Si nos referimos a lo que podemos denominar retiros espirituales estructurados (en los que el “ejercitante” recibe varias prédicas por día por parte de un sacerdote y sobre las cuales debe meditar), hay que decir que son una invención moderna, cocida a las brasas de la devotio moderna. No conozco los datos históricos concretos -y si alguien los tiene le agradeceré que nos los pase- de cuándo comenzaron, pero se me hace que no será antes de los siglos XIV o XV. Es decir, apenas si ocupan un cuarto de toda la historia de la Iglesia. 
Por cierto que anteriormente existían los retiros espirituales, pero no del modo estructurado o moderno: consistían, simplemente, en que el cristiano se retiraba algunos días a un monasterio y allí, siguiendo los oficios litúrgicos y bajo la guía ocasional de algún monje, hacía su retiro. Era un modo mucho más natural y libre de retirarse del mundo, porque tampoco tiene mucho sentido alejarse de los ruidos seculares para caer presa de los ruidos, y de las peroratas, clericales. Y esto se dio a lo largo de toda la primera etapa de la cristiandad. Cuenta Paladio en su Historia láusica, que Evagrio Póntico, cuando dejó Constantinopla, se retiró a un monasterio en Jerusalén donde tomó la decisión de instalarse el desierto egipcio. Y cuenta el amigo y biógrafo de San Elredo, que éste se retiró al monasterio de Rieval mientras era funcionario de la corte del rey David I de Escocia, y fue allí donde decidió hacerse cistercience. Es decir, la historia nos dice que un santo del siglo IV y otro del siglo XII hacían retiros espirituales no estructurados: simplemente, se retiraban a un monasterio, y como el caso de ellos, habrán miles.
¿Todos los que hacían retiros encontraban allí la vocación religiosa? No; lo que ocurre es que nos han llegado los datos históricos de aquellos que no solamente tomaban estado de vida religioso sino que, además, sobresalían en él. Esto no implica, sin embargo, que los seglares acudieran en masa a los monasterios para retirarse. Tengamos presente que se trataba de una época en la que se respiraba la cultura cristiana y donde, quien más, quien menos, cumplía sus deberes religiosos. Por otro lado, la vida de las ciudades -que eran de dimensiones reducidas- y de los pueblos y villorios, donde vivía la mayoría de la población, estaba regida por la liturgia que actuaba como una suerte de retiro permanente. Sin pretender idealizar, lo que quiero decir es que la necesidad de retirarse del mundo es mucho mayor hoy que en la Edad Media. O pongámoslo del revés: El hombre contemporáneo está más alienado en las cosas del mundo que lo que lo estaba el hombre medieval, y por eso necesita con más urgencia el retirarse.


Que todos los monasterios tuvieran hospedería y que San Benito dedique unas cuantas páginas de su Regla a hablar de los huéspedes, está indicando que era función importantísima de los monjes recibir a los peregrinos. Muchos acudirían simplemente como una posta en un largo viaje, otros porque no tenían donde ir y otros porque necesitan retirarse. Y el retirarse consistía fundamentalmente en participar en los oficios monásticos. Recordemos que pocos eran los laicos que sabían leer y, quienes sabían, no siempre tenían acceso a los libros -porque eran extremadamente costosos-, por lo que tampoco se trataba de un retiro dedicado a leer las Escrituras o los sermones de San Agustín. Para eso habrá que esperar a la imprenta. Retirarse era dedicar tiempo a Dios participando de su culto en la liturgia y en el corazón.
Estos son, en mi opinión, los mejores y más fructíferos retiros espirituales: buscar un monasterio, hospedarse allí tres o cuatro días, participar de los oficios, tener algún buen monje a mano para hablar si resulta necesario y, ahora que todos sabemos leer y tenemos fácil acceso a los libros, llevarse la Biblia y un par de buenos libros de autores espirituales, y dedicar así tiempo a la lectura sosegada y receptiva a la voz del Espíritu que sopla en la brisa monástica. Esto es un retiro tradicional, o un retiro tal como lo entendió la tradición de quince siglos de la Iglesia.
Aquí, claro, hay un elemento fundamental para tener en cuenta, y es que no todos están preparados para este tipo de retiros. Es necesario que la persona tenga un cierto camino recorrido en la vida espiritual para que esos días de apartamiento le sirvan de algo. Si largamos a alguien que vive inmerso en el mundo a un monasterio con cuatro o cinco libros y el horario de las horas canónicas para que vaya a rezar con los monjes, lo más probable es que pierda el tiempo. Como decían los Padres del Desierto, en las soledades monásticas, la distracciones y ataques de los demonios no vienen de las cosas -que son muy pocas-, sino de los pensamientos. El pobre hombre no hará más que aburrirse y distraerse durante sus días de retiro. Por eso mismo, en estos casos lo más conveniente es recurrir a los retiros estructurados. Y esto es un problema espinoso porque estos retiros pueden ser no ya una pérdida de tiempo, sino un verdadero peligro para la fe o para el equilibrio psicológico de quien los hace. 
No es necesario aclarar que, si el retiro lo predica un cura progresista, no servirá absolutamente de nada más que aprender algo de sociología barata y derechos humanos en liquidación. Todo permanecerá en la horizontalidad de lo humano a lo que esta gente ha reducido la religión. Y por esta razón, muchos dirán: “Que haga un ignaciano, que tienen éxito garantizado”. Pero yo no estaré de acuerdo.
Reconozco que tengo tirria a los ejercicios ignacianos aunque creo que no es una aversión injustificada. Hice muchos durante muchos años: de una semana e, incluso, de mes: jamás me sirvieron de nada; más aún, en la mayor parte de los casos me hicieron daño. Lo más probable es que se deba a mis defectos. Sin embargo, cuando descubrí para mi sorpresa que había otra clase de retiros que no eran ignacianos, e hice uno de ellos -en este caso predicado por un sacerdote del Opus Dei- fue un bálsamo y un enorme alivio espiritual. Y de allí en más, siempre fue así. Por este motivo, tengo muchas reservas con respecto a la actitud de muchos que creen que arreando a la gente a hacer ejercicios ignacianos lograrán indefectiblemente un bien. En todo caso, restrinjo mi reserva: una cosa es ser arreados por el Santo Cura Brochero, y otra por un curita cualquiera. Recuerdo que en mi época de juventud, en ciertas diócesis que pasaban por conservadoras, se predicaban varias tandas de ejercicios por año, para varones y para mujeres, y lo más asombroso de todo es que los predicadores eran buenos muchachitos con dos años, o dos meses, de ordenados. ¡Qué disparate! Un joven de 24 años es un joven de 24 años por más cura que sea y por más libreto ignaciano que tenga en las manos y, por eso mismo, es un mono con navaja. Todos sabemos que el ambiente que se crea en los retiros por lo general deja a la persona muy vulnerable a nivel emotivo y, por eso mismo, con muchas posibilidades de ser manipulada, aunque sea con la mejor de las intenciones del predicador. ¿De qué otra manera se explican si no, la carrada de “vocaciones” que sacaban los sacerdotes de cierto instituto religioso destinado a encarnar la cultura, sino por la manipulación lisa y llana que el fundador y sus secuaces ejercían sobre los pobres jóvenes que se avecinaban?
Por eso -y esta es mi opinión y no es más que eso-, digo que el mejor retiro y más acorde a la tradición, es retirarse a un monasterio. Si por un motivo u otro se considera conveniente embarcarse en un retiro estructurado, mirar bien qué tipo de retiro se busca, -y esto se sabrá de acuerdo a la espiritualidad de cada uno, porque es bueno saber que la escuela ignaciana es sólo una de tantas escuelas de la espiritualidad católica- y, sobre todo, quién lo predica. Insisto, aquí es donde reside el peligro del que hablaba en mi comentario que dio pie a esta entrada. Aún cuando el predicador tenga la mejor de las intenciones, es capaz de hacer mucho daño. Se necesita un abba, es decir, un padre. Y abba se hace, no se nace, ni se consigue con la sola imposición de manos. 


Escolio 1: Un dato que vale la pena recordar. Más de una vez escuché decir que la Santísima Virgen era la que habían inspirado a San Ignacio de Loyola los Ejercicios Espirituales en la cueva de Manresa. Lo cierto es que, si hubo un inspirador, fue García de Cisneros, abad de Monserrat. Está claro que el libro de los Ejercicios es una buena copia o adaptación si se quiere (los jesuitas lo llaman “recreación”) del Ejercitatorio de vida espiritual, escrito por Cisneros, y mediado por un resumen realizado por un monje anónimo de la misma abadía de Monserrat, llamado Compendio breve de ejercicios espirituales. Concretamente, lo de San Ignacio es el resumen de un resumen. Y esto no va en su desmedro. Era una práctica muy habitual aprovechar lo que otros habían escrito, y eso no significaba ni plagio ni deshonestidad. Pero lo cierto es que los ejercicios ignacianos, de “ignacianos” tienen menos de lo que se cree. 
Escolio 2: Resulta casi enternecedora la ingenuidad con la que un anónimo sacerdote del Instituto del Verbo Encarnado escribió la entrada de Wikipedia sobre Ejercicios espirituales. Además de ser elemental e incompleta, no se priva de afirmar que, quienes los predican, son los jesuitas y los miembros del IVE y, además, deja un link para que los interesados pueden hacer los ejercicios ¡de modo virtual!, por supuesto, con un sacerdote de ese instituto. Pero lo más asombroso de todo es que dice: “Un Instituto religioso que sigue esta espiritualidad y practica los Ejercicios durante el noviciado y cada 10 años, es el Instituto del Verbo Encarnado”. Flaco favor le hacen a San Ignacio y pocas técnicas de marketing tienen porque si la práctica de la espiritualidad y de los ejercicios ignacianos es la propia del IVE, estamos en el horno: el fundador, predicador serial de ejercicios ignacianos durante décadas, está condenado por la Santa Sede por abuso de sacerdotes y seminaristas, y de todos los sacerdotes que hicieron puntualmente sus ejercicios ignacianos durante años, alrededor de doscientos han dejado el Instituto y, de esos, noventa han abandonado el ministerio, lo cual representa el 30% del total de miembros. Y mejor arrojemos un manto de piedad a lo que ocurre con la rama femenina del Instituto.

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